La fe del científico

Fe. La fe podría definirse como la creencia o aceptación de un principio o afirmación por diferentes causas, normalmente por estar ligada a una figura de autoridad que, para el individuo que profesa dicha fe, se supone incorruptible. Y digo que se supone incorruptible porque, al profesar esta fe, estamos eludiendo la responsabilidad de dar una explicación lógica al asunto.

Para explicarme, últimamente he visto en varios sitios una frase que ha golpeado seriamente mi confianza en el ser humano como ser racional. Dicha frase rezaba algo así como “cuando no consigas entender, acepta”, o “no razones, acepta”, o algo similar. Veamos. Nuestra pura esencia, como seres vivos, está basada en los más crudos y viscerales principios de la razón.

Pondré un ejemplo biológico. La razón lo es todo en biología, la cual explica nuestra existencia. Si no hay adaptación no hay continuidad. Un microorganismo puede tener fe en que una determinada característica le permitirá seguir reproduciéndose o puede tener la certeza de que va a ser así. Obviamente, los microorganismos no razonan, pero atendiendo a determinadas razones es por lo cual los organismos evolucionan y sobreviven, es decir, si yo, como bacteria, no consigo desarrollar una forma de resistencia a la desecación, ya puedo rezar que, cuando venga un día soleado de cojones que me seque el charco donde me estoy reproduciendo, me voy a extinguir. Yo decido si me quedo rezando y aceptando mi destino o me las ingenio para sobrevivir. La razón reducida a su mínima expresión.

Siempre han existido esa clase de pseudocientíficos, como en nuestra época serían el señor Brian Weiss o el señor Alejandro Jodorowski, hablando de dioses, ángeles y fantasmas, que tienen más de charlatanes que de hombres de ciencia y que ahí están, amasando millones contando chorradas a la gente que “decide aceptar” en vez de hacerse preguntas.

Ahora, que luego hay gente, como el profesor de matemáticas de la Universidad del País Vasco, Juan Carlos Gorostizaga, que se quedó en el geocentrismo y aceptó que su dios lo hizo el centro de la creación, que “intenta” (porque no es posible) explicar la fe desde la ciencia o, más bien, negar la ciencia para ponerla al servicio de la fe. Este señor, por si alguien lo quiere leer, ha sacado un libro titulado “Y sin embargo no se mueve” (falta de ortografía a parte), en el que habla de cómo, en realidad, y contrariamente a todas las explicaciones científicas, negándolas taxativamente, todo gira alrededor de la Tierra, que es inmóvil, y defendiendo los relatos del Génesis. El caso del científico católico contra la ciencia, en fin.

De todos es sabido que hay científicos creyentes, pero uno suele ser más recatado a la hora de blasfemar contra la ciencia. La ciencia, la fe del científico. La ciencia no puede explicarlo todo, porque somos nosotros, por creyentes y no creyentes sabido, seres imperfectos, los que desarrollamos la ciencia, pero su objetivo es llegar a hacerlo. El científico no creyente en un ente superior también tiene fe, fe en la ciencia. Fe en la razón. No acepta, quiere razonar, y lo que le resulta incongruente a los hechos lo descarta. No es un memo al que cualquier papanatas con capacidad para hablar bien le implanta su idea en la cabeza. No es mala fe, no es que no se lo quiera creer, es que es un riesgo que no está dispuesto a correr. Es racional e inteligente, meticuloso y cuidadoso, no sugestionable, no autosugestionable.

Sin embargo, la fe también es un rasgo evolutivo, al menos en esencia. Los organismos necesitamos basarnos en ideas predefinidas, que la evolución nos ha enseñado que funcionan, para no perder el tiempo y continuar evolucionando. Pero la fe es esta confianza llevada al extremo, porque dicha confianza está basada en la razón, en las pruebas, básicamente, en que seguimos vivos. Digamos que la fe es una hipertrofia de la necesidad de confianza, en la cual se extirpa el componente racional primigenio y se implanta en un ser o ente superior, que, encima, y dado que no puede darte razones, te soborna con el paraíso, cien mil vírgenes, la vida eterna…

Por no eternizarme con este texto, ya que no tenemos una vida eterna para estarme leyendo a mí, haré una petición de capacidad crítica a mis semejantes. Pensad, por el amor de Dios.

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Publicado el 14 febrero, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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